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Condenar para olvidar.

Es bien sabido que la Universidad Autónoma de Barcelona siempre se ha inclinado a hacer eco de su mala publicidad y no a promover la defensa del pensamiento crítico y la libertad de expresión. Al menos eso es lo que parece cuando la Plaza Cívica del campus se erige como la sede anual para disputar los encuentros nacionales más esperpénticos entre organizaciones estudiantiles universitarias. El historial es bastante amplio y parece que va a seguir sumando participaciones durante los próximos años, por lo que sería primordial analizar el denominador común presente en todos los conflictos de dicha universidad: la autodenominada acción antifascista de la UAB, organizada, en su mayoría, por el Sindicato de Estudiantes de los Países Catalanes (SEPC), el cual, bajo la tutela de los partidos nacionalistas encuadrados en el eje de la izquierda política, se encarga de decidir quién es bienvenido o no en el campus. 

El SEPC se define en su web oficial como “la herramienta de todas las estudiantes de los Países Catalanes para su autoorganización, formación y toma de conciencia en la defensa de nuestros derechos como estudiantes y personas”. Hasta aquí cada uno podría objetar lo que crea necesario desde una postura política personal, pero una gran cantidad de personas estarían de acuerdo con estas palabras si formaran parte del texto fundacional de una incipiente organización estudiantil. El problema llega cuando aquellos estudiantes que no siguen la línea política del sindicato sufren las consecuencias directas o colaterales por parte de dicha “herramienta”. Ejemplo de ello son los piquetes que tienen como único fin anular el derecho a no participar en una huelga y, por tanto, de atentar de forma directa contra la libertad individual del ciudadano.

El hecho de abogar por una causa que uno considera justa a través de una huelga es uno de los muchos recursos para conseguir mejoras laborales, políticas o civiles y es, como no podría ser de otra forma, uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia. En este sentido, el derecho a huelga se sustenta bajo la libertad de ausentarse de X para conseguir una mejora de esta, asumiendo asimismo las consecuencias legales que ello pueda suponer y, paralelamente, la variable Y, que no es otra que la libertad de otro individuo de no ausentarse de X por decisión propia y sea cual sea. Esto, que no es más que un principio democrático básico irrefutable desde lentes lógicas y legales, parece no tener cabida entre los miembros del sindicato estudiantil. Y eso es grave, muy grave. ¡Y sólo un ejemplo de muchos!

En los últimos días ha sido muy sonado el enfrentamiento entre el SEPC y la organización constitucionalista S’ha acabat! que acabó con la intervención de las brigadas antidisturbios de los Mossos. Esta trifulca tuvo su origen en la convocatoria del segundo grupo para llevar a cabo un acto llamado “En defensa de la libertad” y en el que se suponía que iban a acudir personalidades políticas de la derecha española. Este llamamiento llevó a la violenta respuesta de algunos miembros del sindicato y la posterior intervención de unos antidisturbios que también sufrieron los ataques físicos y verbales de unos jóvenes que cada vez tienen menos reparo en apedrear a las fuerzas de seguridad ciudadana. De todos modos, el uso insistente del término “fascista” empleado por parte de los sindicalistas para referirse a los miembros de S’ha acabat! volvió a alzarse para así trocear y desvalorizar semánticamente una palabra que contiene en sí misma el miedo, la irresponsabilidad y la ignorancia de tantas generaciones pasadas; las mismas carencias que parecen estar atacando de nuevo nuestras aulas universitarias y las de otras universidades de Occidente. Stieg Larsson llegó a decir algo así como que los fascistas de la actualidad visten de traje y corbata, pero me temo que durante su juicio obvió el hecho de que los estudiantes creen saber mucho cuando saben muy poco y que una de las principales características de los fascistas es la de revolverse en su propia miseria material e intelectual para así justificar todo cuanto puedan sin dar parte a nadie, descargándose de cualquier responsabilidad ética, moral y política.


Pese a todo, considero que S’ha acabat! no debería tomarse como una alternativa útil y con proyección para todos aquellos estudiantes alejados del sostén político de la izquierda, ya que su rol en dichos choques ideológicos es el de adoptar una posición de victima desde un primer momento, negándose a resistir y luchar por la libertad que se supone que defienden. Esta posición victimista —y hasta derrotista—, es aquella que no debería tener cabida en un grupo que pretende aspirar a una sociedad basada en la fortaleza del individuo y un Estado basado en la razón. Hay vídeos y fotografías que corren por redes sociales donde puede observarse el cordón policial de los Mossos y a un joven de S'ha acabat! adoptando una postura chulesca y prepotente contra los miembros de la acción antifascista. La clave de este escenario se encuentra en el paternalismo del que tantos jóvenes liberales se benefician y que parecen no reconocer como el mismo que sustenta cualquier discurso socialista en materia económica y social, es decir, exactamente el mismo paternalismo que ha provocado que no puedan abrir la boca para gritar “¡libertad!” sin el amparo de la policía. Estos jóvenes tan aparentemente preocupados por su libertad deberían aprender de este tipo de ataques que más vale responder con destreza y no con la sonrisa bobalicona, principal síntoma de la superioridad moral que tanto daño está haciendo en colegios, institutos y universidades.

Crédito a ElNacional.cat

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