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Recordemos.

El caso Djokovic es otro ejemplo de la terrible ignorancia que afecta a demasiadas personas en relación a la pandemia y el funcionamiento real, verificado, objetivo, científico del virus que provoca la COVID-19. Los científicos serios y no aquellos que ocupan cargos políticos o viven de la propaganda se han cansado de malgastar su tiempo para decir una y otra vez que las vacunas no matan los virus o las bacterias como si fuesen lejía, sino que "simplemente" tienen la capacidad de preparar nuestro sistema inmunológico para frenar el posible desarrollo de la enfermedad provocada (COVID-19) por el virus en cuestión (SARS-CoV-2), por lo que la vacuna no tiene ningún efecto significativo sobre el riesgo de infección o propagación del virus. Ahí está la vigesimoséptima ola. 

Si al leer el párrafo anterior no te has sentido insultantemente atacado por la obviedad de las afirmaciones es porque simple y llanamente has sido engañado como un idiota durante dos años. Dos. Los mismos años necesarios para ver como todavía hay personas incapaces de entender que los anticuerpos que evitan el desarrollo de una enfermedad se crean a través del sistema inmune del organismo y de entender que la vacuna es sólo el refuerzo que nos brinda la ciencia para facilitar ese proceso natural de inmunización. Djokovic decidió no vacunarse contra el coronavirus y, ante la obligatoriedad de las vacunas en Australia, también decidió solicitar una exención médica ridícula que justificara su decisión de no vacunarse con tal de disputar el Open de Australia. Por su parte, el gobierno australiano decidió obviar los partes médicos de hasta dos profesionales en relación a la perfecta salud del tenista con el único fin de evitar que los ciudadanos más responsables del mundo, aquellos que ni siquiera saben lo que son las vacunas a pesar de metérselas de par en par, lloren por no entender absolutamente nada, nada, nada de lo que ocurre a su alrededor. Rafael Nadal, compañero de profesión de Djokovic y virólogo reconocido los fines de semana, ha dicho que «si Djokovic quisiera estaría jugando en Australia sin problemas» y que «si la gente dice que tenemos que vacunarnos, tenemos que vacunarnos». Claro que sí, Rafa, claro que sí... 

El problema más grave de la pandemia se manifiesta a través de todos estos individuos que, como Nadal, creen tener la razón solamente por tener el apoyo de una mayoría que ha sido totalmente adoctrinada en el asunto. Recordemos cuando los rastreadores (pensadlo bien: rastreadores) llamaban a nuestros móviles por haber tenido contacto con una persona enferma. Recordemos el sinfín de veces que nos han anunciado la obligatoriedad de llevar en espacios exteriores —donde la posibilidad de contagio es ínfima— una prenda que impide nuestra correcta respiración. Recordemos cuando el Tribunal Supremo reconoció al gobierno de España como anticonstitucional y como no hubo ningún tipo de consecuencia, ni siquiera la mínimamente dignificante renuncia del mismo. Recordemos a todas las personas que han muerto solas en una habitación de hospital y en prime time doméstico a través de Skype. Recordemos a los niños haciendo clase a través de un ordenador a las ocho de la mañana, quedando drogados e inútiles para el resto del día. Recordemos que el odio a aquello distinto y la simple y vaga mentida han sido los responsables de nuestras mayores desgracias y que la verdad sólo entiende de porqués. Por ende, también deberemos recordar a ese tenista serbio que decidió sacrificar su incipiente ascenso al trono como mejor tenista de la historia para desenmascarar el sinsentido de la política moral y anticientífica de nuestro tiempo. 

Ahora también recuerdo el miedo al salir a la calle y el miedo a morir o matar a mis seres queridos y por ello nunca perdonaré a todos los políticos y periodistas que hicieron un uso irresponsable de su poder, como tampoco me perdonaré haberlo permitido. Chapó Djokovic y todos aquellos no vacunados que seguís ejerciendo vuestro derecho. Y a los antivacunas y partidarios de la obligatoriedad de vacunarse os mando un cálido y sincero iros a la mierda. 











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