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Cada vez hay menos.

En las primeras páginas de Los enamoramientos, Javier Marías utiliza la voz de María (narradora y protagonista principal de la novela) para mostrar un total rechazo a las explícitas fotografías que se emiten en prácticamente la totalidad de medios de comunicación. Citaré de forma íntegra parte del texto. Dice así: 

«Recuerdo haber caído, en aquellos días, sobre un titular del periódico que hablaba de la muerte a navajazos de un empresario madrileño, y haber pasado rápidamente de página, sin leer el texto completo, precisamente por la ilustración de la noticia: la foto de un hombre tirado en el suelo en mitad de la calle, en la calzada, sin chaqueta ni corbata ni camisa, o con ella abierta y los faldones fuera, mientras los del Samur intentaban reanimarlo, salvarlo, con un charco de sangre a su alrededor y esa camisa blanca empapada y manchada, o eso me figuré al vislumbrarlo. Por el ángulo adoptado no se le veía bien la cara y en todo caso no me detuve a mirársela, detesto esa manía actual de la prensa de no ahorrarle al lector o al espectador las imágenes más brutales —o será que las piden éstos, seres trastornados en su conjunto; pero nadie pide nunca más que lo que ya conoce y se le ha dado—, como si la descripción con palabras no bastara y sin el más mínimo miramiento hacia el individuo brutalizado, que ya no puede defenderse ni preservarse de las miradas a las que no se habría sometido jamás con su conciencia alerta, como no se habría expuesto ante desconocidos ni conocidos en albornoz o en pijama, juzgándose impresentable. Y como fotografiar a un hombre muerto o agonizante, más aún si es por violencia, me parece un abuso y la máxima falta de respeto hacia quien acaba de convertirse en una víctima o en un cadáver —si aún puede vérselo es como si no hubiera muerto del todo o no fuera pasado enteramente, y entonces hay que dejarlo que se muera de veras y se salga del tiempo sin testigos inoportunos ni público—, no estoy dispuesta a participar de esa costumbre que se nos impone, no me da la gana de mirar lo que se nos insta a mirar o casi se nos obliga, y a sumar mis ojos curiosos y horrorizados a los de centenares de miles cuyas cabezas estarán pensando mientras observan, con una especie de fascinación reprimida o de seguro alivio».

Es realmente preocupante que este tipo de reflexiones estén más presentes en las novelas y no en los telediarios o las columnas de los diarios más importantes del país. Esta falta de responsabilidad por parte de la amplia mayoría de los periodistas ha ido en sintonía con la cada vez más notable decadencia del estilo periodístico, un estilo que tradicionalmente se caracterizaba por el "Yo", por el uso de la primera persona, la opinión, sea cual sea, para buscar las cosquillas del lector. Arcadi Espada ya avecinó la problemática a principios de los noventa en su artículo "Escriptura d'un Déu avorrit", donde también se sorprendía por la falta de oferta literaria en los diarios y la prácticamente nula presencia de escritores. Marías, por suerte, es una de las escasas excepciones. 

Vuelvo. La cita anterior incluye entre líneas el importante papel que ocupan las imágenes visuales en la actualidad, estímulos que inoculan nuestra razón, dando paso a los prejuicios y la complacencia de lo ignoto, de aquello que desconocemos y que, por tanto, también nos es ajeno. Por esto, las imágenes han ido ocupando cada vez más portadas, sustituyendo las labores del periodista, permitiendo así facilitar el consumo de un producto —el periodístico— cada vez menos interesado en la objetividad que ofrecen los datos, otorgando al público una falsa sensación de acercamiento, de presencia en la barbarie. Puede que la cuestión sea todavía más sencilla, que baste con preguntarnos si de verdad es necesario ver con nuestros propios ojos las mayores  atrocidades de una forma menos atenuada, más bruta, fría, directa y, por ende, más impactante en un contexto totalmente alejado al de la enseñanza o el arte. Admito que mi curiosidad siempre me ha llevado a buscar (y hasta admirar) las fotografías y metrajes más impactantes del Holocausto nazi y la guerra de los Balcanes. Para mí era y es fascinante pensar en aquellas personas que fueron capaces de filmar con su cámara la ejecución de centenares de seres humanos, la facilidad de soportar el peso de la cámara en circunstancias de máximo terror. Esto es una característica contemporánea, claro, lo de fotografiar el terror, dado que antes solamente existían las crónicas y los testimonios epistolares de todos quienes la sufrieron, pero nunca muestras visuales directas. Después de la guerra sólo podían verse las secuelas, las miradas perdidas y el insomnio y los miembros desaparecidos, pero nunca la carne viva.

La invasión rusa sobre Ucrania empieza a motivar a los medios —y a algunos particulares— a exponer las fotografías de los cadáveres, todavía sin una mínima muestra de sensibilidad hacia los ucranianos. Es una constante, una herramienta para seducir a los más vagos, a los de tuit, captura de pantalla y emoticonos. A los de pancarta y paralelismos tan gratuitos como estúpidos. Indignación de veinticuatro horas y entre selfie y selfie, viaje y viaje, comida y comida, lujo tras lujo. No hay nada más placentero que la satisfacción de hacer las cosas bien, esa grata sensación que los buenos periodistas y artistas se encargan de pisotear y burlar y aniquilar. Cada vez hay menos, eso es así.

Goya, Francisco de. El lazarillo de Tormes.1808-1810

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