Ir al contenido principal

Reencuentro.

Agosto de 2021. Onești, Rumanía

 

Han pasado diez años y ni siquiera se baja del coche para saludarme. Me subo y sonríe. Veo un par de dientes dorados y noto su mano en mi nuca apretando levemente. No le doy la mano, tampoco él me la ofrece. Acelera y para mi sorpresa veo que no vamos en dirección al pueblo. Dónde vamos. Al mercado a comprar cuatro cosas. Ah, bine. Mi madre dice que morirá siendo un hombre desgraciado y mi tía dice que morirá siendo un monstruo. Que nació monstruo y que fue un monstruo con su madre, con las tres; con mi abuela, mi madre y mi tía.   

Está nervioso, dice mi primo (el otro acompañante). No es pequeño, tampoco grande: tiene trece años, pero su madre cree que lo que ella siente hacia su padre debe sentirlo también su hijo. La herencia es cosa de cobardes, de aquellos que no han hecho nada para merecer nada, por lo que exprimirla para verterla en la cabeza de un niño es un asco; qué decir cuando la que lo hace es la propia madre. Por suerte, la mía no ha hecho lo mismo conmigo. Estoy limpio.

Mi primo me pregunta que cómo sabe él que están reformando el apartamento donde vive con su madre, que por qué me ha preguntado sobre las obras y los trabajadores. Yo le digo que si te lo ha preguntado será porque habrá visto el andamio. Él dice que mamá diría que no lo conoces lo suficiente. Sonrío, pero me acuerdo de que llevo puesta la mascarilla y de que mis ojos no sonríen. Me río un poco y suelto un ruidito y veo que sus ojos sí sonríen. Resuelto. Vuelvo en busca del abuelo perdido. Se mueve rápido entre las sandías, las berenjenas, las cebollas... Busca cosas concretas y nos deja atrás sin siquiera inmutarse. Realmente está nervioso. Lo alcanzamos. Compra una sandía y un melón. Volvemos y vamos a un supermercado. Vuelve a perderse. Nos reencontramos. La bolsa está llena de algunos dulces y galletitas. Coged los zumos que más os gusten. Los cogemos, paga y volvemos al coche. No dice nada, no decimos nada.

Alcalde durante dieciséis años y director de dos hoteles y un restaurante de lujo durante veintiún años, solapando durante un largo tiempo la alcaldía con el mundo de la hotelería y la restauración, antes de jubilarse como consejero personal de un senador del Partido Socialista Rumano. Entre los sesenta y los noventa, durante la dictadura de Ceaușescu, la revolución y la transición democrática.

Nosotros vivíamos bien, me cuenta mi tía, tu abuelo traía de los hoteles y del restaurante carne, pescado, marisco... de todo. Los hoteles eran del régimen. Tu abuelo siempre supo moverse. La gente se moría de hambre y las familias con dos hijos tenían derecho a un tercio o menos de lo que nosotros teníamos. Piensa que comíamos carne y pescado fresco cada día. También teníamos viñedos y una bodega. Los fines de semana íbamos a la cabaña del bosque, cerca de Brașov, en los Cárpatos. La gente se moría de frío y nosotras teníamos tres casas, todas ellas con calefacción y al menos una chimenea para los inviernos más fríos. ¿Pero y el régimen? El régimen no existía para ellos. ¿Ellos? Gente como tu abuelo.

¿Merem acasă nu, copii? ¿Tú sigues con el balonmano? Da. ¿Tu hermano con el fútbol? Da. Mira por el retrovisor a mi primo. ¿El tenis va bien? Da. Me fijo en su ropa. Pantalones de pana negros, polo de pesca y chaquetilla de chándal. El coche, un Golf familiar bastante viejo, descuidado, sucio. No lo entiendo. De camino al pueblo veo que la gente sabe quién es. Reconocen el coche y los hombres asienten con la cabeza. Las mujeres, en su mayoría cubiertas de arrugas y sin la mitad de la dentadura, tienen los dedos gordos y feos y las cuencas de los ojos vacías. Sus gestos invitan a apartar la mirada y sus labios apenas se abren al hablar. Ríen más bien poco y algunas fuman tanto o más que los hombres. A través de la mirada de las mujeres uno puede entender la miseria y el tribalismo del otro lado del telón. De camino también vemos a un borracho que es llevado a casa por su caballo. Sí, el caballo llevando al borracho.

Todo el mundo lo tenía aquí arriba, cuenta mi madre. Todo el mundo. Era un hombre hecho a sí mismo. Creció limpiando granjas y cuando salió del instituto se lo hizo todo él solito, a pesar de que todos esos años de trabajo y estrés extremos le pasaron factura. Mi madre siempre fue honesta conmigo y nunca me ocultó el hecho de que mi abuelo fuera alcohólico y una persona extremadamente violenta cuando bebía, sobre todo con mi abuela. Mi madre me contó que cuando la cosa se desmadraba, ella y mi tía corrían a casa de su abuela, mi bisabuela, la madre de mi abuelo, que las metía en su cama y les acariciaba el pelo mientras rezaba por su nuera, además de rogar el perdón de Dios por blasfemar a su hijo. Mi madre me contó que había veces que las palizas eran tales como para dejar a mi abuela bebiendo caldo de pollo durante semanas. Mi madre me contó que, mientras mi abuela se moría de cáncer en la cama de un hospital, mi abuelo iba de camino a su casa con el maletero lleno de maletas y el asiento de copiloto ocupado por su amante; la misma mujer que estuvo cuidando de mi abuela durante sus últimos meses de vida. Mi madre me contó que mi abuelo le dio un bolso de mi abuela lleno de dinero para sobornar al cirujano, pero que él ni siquiera se presentó antes o después de la operación. Mi madre me contó que conoció a Nadia Comăneci cuando esta se escondía en uno de los hoteles que dirigía mi abuelo un par de días antes de que la pobre niña de oro cogiera un vuelo hacia los Estados Unidos para huir de las violaciones y las palizas de Nicu Ceaușescu, hijo del dictador, que vivía totalmente obsesionado con ella. Mi madre me contó que ella y mi tía vivieron desde los trece años totalmente solas en un apartamento durante el curso escolar y que en ese apartamento tenían una pizarra con normas y horarios de orden y limpieza hechos por mi abuelo. Mi madre me contó que vivieron en un hotel durante más de un año y que muchas veces tenía que quedarse encerrada en una habitación junto a mi tía y mi abuela porque venían invitados muy importantes. Mi madre me contó que días antes del estallido de la revolución varios agentes de la Securitate, el antiguo cuerpo de servicios secretos rumanos, registraron varias veces la casa del pueblo en busca de una llave: una llave de una residencia personal de Ceaușescu cerca de los Cárpatos. Mi madre me contó que durante la revolución vio a mi abuelo llenando sacos de basura con toda la ropa, el dinero, los relojes y las joyas de casa para cargarlos en el coche e irse a Bélgica. ¿Pero a Bélgica dónde, mamá? No lo sé, sólo sé lo que vi y créeme cuando te digo que realmente no sé nada acerca de él. Siempre estuvo un paso por delante de los demás y nunca decía absolutamente nada que fuera a delatar mínimamente sus intenciones o sus pensamientos. Y lo peor de todo es que me da la sensación de que lo ha olvidado todo. Absolutamente todo. Hace años que no hablo con él, pero la última vez que le pregunté sobre tu abuela me lo negó todo. Me dijo que nada de eso pasó.

Cuando me enteré de todo esto me convencí para escribir algo acerca de ello. Medité el género y me decanté por el teatro. Empecé a leer y a estudiar el formato que me interesaba aplicar, pero el marco narrativo sufrió tantas modificaciones que se convirtió en un proyecto inviable. Finalmente me convencí para grabar en mi móvil las primeras conversaciones maduras entre un nieto y su abuelo, por lo que mi viaje de vuelta a Rumanía fue un duro golpe de realidad, de comprender los límites de mi fuerza de trabajo y mi ambición. Al final, yo sólo quería que mi abuelo me contara toda su vida, su trabajo, a toda la gente que conoció, cómo llegó a estar tan cerca del régimen y, con suerte, escribir algo que valiera la pena. Quería documentarlo todo, horas y horas de conversaciones. Todo, lo quería saber todo. Estaba ansioso, sólo quería sentarme en el jardín y esperar su relato.

Pero cuando llegamos a su casa y mientras bajamos del coche aparece una mujer. Es la quinta. La quinta mujer con la que vive desde la muerte de mi abuela. Mi madre me dijo que nunca supo vivir solo, que cuando estaba solo se hundía y que siempre había necesitado a alguien a su lado. A una mujer. La mujer me abraza fuerte y no puedo evitar pensar que quién te crees que eres para abrazarme así. No eres mi abuela. Cuando me suelta le dedico mi mejor sonrisa. Nos acompaña al portal. Pasad, pasad, por favor, quiero que os sintáis como en casa. No te jode. Entramos en el salón y vemos que está lleno de libros. Abarrotado. En rumano y en ruso. Conozco el porqué. Mi abuela los devoraba, sobre todo en sus últimos años, cuando la enfermedad ni siquiera le permitía salir de la cama. Mi madre siempre me dice que cuando te veo leer la veo a ella. Ești tot ca Maria... Mi primo y yo nos levantamos y vemos Stendhal, Kant, Eminescu, Kafka... La mujer nos ve y dice que qué bonito ver a dos jóvenes abriendo libros con tanto cariño como nosotros. Que los niños de ahora no leen y que están todo el día embobados con el móvil. Nos dice que cojamos los libros que queramos. Que nosotros ya los hemos leído todos. Puta. Puta mentirosa. Sonrío y se lo agradezco. Salimos en busca del abuelo.

Está en el jardín, dando de comer a las gallinas y preparando el fuego para una barbacoa. Hablamos un poco de política y un poco del trabajo en España, pero no dice nada. No dice nada de lo que quiero saber. Me cuenta que fue alcalde y me enseña el cartel del partido y me da los nombres de los hoteles que dirigió, además de contarme algunas anécdotas de la infancia de mi madre. Mi madre me envía un mensaje y me pregunta que qué tal. Le digo que no me dice nada sobre aquello. Me dice que dale tiempo, que él es así. Pero para mí ya es tarde. Ya es tarde para todo eso y para seguir obviando lo alejado que estoy de ese hombre y de esa casa, de todo ese país que me vio nacer y que durante todo mi viaje observé con los ojos de un extranjero, de un hombre que no pertenece en absoluto a esas calles.

Al regresar al hotel, ya de noche, entendí que todo se había esfumado hacía ya años. Que el tiempo se lo había llevado todo consigo. Que no tenía el coraje necesario para preguntarle el porqué y el cómo de todo. Que soy un cobarde y que al fin y al cabo tampoco me interesan tanto las grandes historias. Que para escribir no necesito reencuentros con desconocidos. Que tengo que estudiar y trabajar más. Que la vida de aquel que no ocupó un lugar en mi vida no obtendrá nunca mi fidelidad. Que quiero vivir más y mejor. Que la familia es sangre y que de un modo u otro tengo la sangre sucia. Que la familia se agarra a la tierra como la vid. Pero también que no hay familia si no hay recuerdo. Que sólo cabe olvidar cuando no hay nada que merezca ser recordado. Dejar morir. No ahogar. Esperar a que todo llegue a su fin. Esperar la muerte de los últimos mensajeros, de mi tía, mi primo, mi madre, la mía. Y ahora veo sus ojos. Unos ojos que tampoco sonríen, como los míos, pero que brillan gracias a una fina capa amarillenta que delata su cirrosis y su silencio mentiroso.

Pla y Gallardo, Cecilio. Dos generaciones. 1901.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Condenar para olvidar.

Es bien sabido que la Universidad Autónoma de Barcelona siempre se ha inclinado a hacer eco de su mala publicidad y no a promover la defensa del pensamiento crítico y la libertad de expresión. Al menos eso es lo que parece cuando la Plaza Cívica del campus se erige como la sede anual para disputar los encuentros nacionales más esperpénticos entre organizaciones estudiantiles universitarias. El historial es bastante amplio y parece que va a seguir sumando participaciones durante los próximos años, por lo que sería primordial analizar  el denominador común presente en todos los conflictos de dicha universidad: la autodenominada acción antifascista de la UAB , organizada, en su mayoría, por el Sindicato de Estudiantes de los Países Catalanes (SEPC) , el cual, bajo la tutela de los partidos nacionalistas encuadrados en el eje de la izquierda política, se encarga de decidir quién es bienvenido o no en el campus.  El SEPC se define en su web oficial como “la herramienta de todas las estudian

Recordemos.

El caso Djokovic es otro ejemplo de la terrible ignorancia que afecta a demasiadas personas en relación a la pandemia y el funcionamiento real, verificado, objetivo, científico del virus que provoca la COVID-19 . Los científicos serios  — y no aquellos que ocupan cargos políticos o viven de la propaganda —  se han cansado de malgastar su tiempo para decir una y otra vez que las vacunas no matan los virus o las bacterias como si fuesen lejía, sino que "simplemente" tienen la capacidad de preparar nuestro sistema inmunológico para frenar el posible desarrollo de la enfermedad provocada (COVID-19) por el virus en cuestión ( SARS-CoV-2 ), por lo que la vacuna no tiene ningún efecto significativo sobre el riesgo de infección o propagación del virus. Ahí está la vigesimoséptima ola.  Si al leer el párrafo anterior no te has sentido insultantemente atacado por la obviedad de las afirmaciones es porque simple y llanamente has sido engañado como un idiota durante dos años. Dos. Los m