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'From Russia with Love'.

Hace poco más de un mes la Policía Nacional detuvo a algunos de los supuestos estafadores de IM Academy, una empresa aún activa que tiene como único fin captar y "formar" a jóvenes interesados en hacerse ricos de la noche a la mañana gracias a las criptomonedas y el mercado bursátil en general. Se trata de una estafa, claro, porque la formación va acompañada de una cláusula de descuento que motiva a los nuevos integrantes a ir sumando más y más jóvenes a los diversos cursos que ofrece la "academia" para así sustentar una red clientelar cada vez más extensa. En esencia, los estafados aprenden a estafar y a vender la misma moto que les han colado para no tener que pagar un cuantioso curso sobre mercados financieros ofrecido por cuatro listillos que se hacen pasar por expertos del sector gracias a cuentas de Instagram repletas de fotos con Porsches, Aston Martins y villas de alquiler, además de ir acompañados de vistosas jovencitas ajenas o no del todo al estresante mundo de la inversión de capital. Todo más viejo que Matusalén: dinero, deportivos, mansiones y putas. Nada nuevo por aquí, pues nacisteis españoles y españoles moriréis.

Hace un mes, Gabriel Rufián fue preguntado acerca de los vínculos entre el Kremlin y el partido independentista Junts per Catalunya, a lo que este respondió: «Creo que son señoritos que se paseaban por Europa reuniéndose con la gente equivocada porque así durante un rato se creían que eran James Bond». Y añadió: «No nos representan». Vale. La mentira es mentira cuando uno dice algo que sabe que no es verdad. Otra cosa muy distinta ¡y tan característica de la clase política española! es el cinismo, que en nuestro querido DRAE se define como «la desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables». Es grave, gravísimo, pero una delicia de definición que va como anillo al dedo para un personaje como el señor Rufián, que se atrinchera en la dudosa moralidad de la izquierda, aquella que no sabe hacer nada más que ser oposición hasta con sus más recientes aliados, aquella que no conoce ni aspira a conocer lo que es ser líder. Porque no conoce a la gente, porque no sabe lo que es valerse por sí misma, luchar con sus propias contradicciones y preceptos infundados, mentiras al fin y al cabo, poner rostro y después remedio a la descomposición de lo que en su momento definió como sus valores políticos, ahora ya caducos. No hay otra respuesta que esta, si no uno no puede explicar los constantes vaivenes de partidos como ERC, Bildu o la CUP, que se abrazan a todo aquello que les acerca al poder pero desde la cómoda distancia de las tribunas más altas del Congreso, desde donde pueden gritar y sacar banderas, pancartas y demás despropósitos siempre y cuando se presenten a trabajar. Sin duda alguna, Europa merece el auge de la extrema derecha. Se lo ha ganado a pulso votando a la izquierda más tonta, estúpida y deficiente jamás conocida.

La semana pasada, en claro homenaje a las palabras de Rufián (o eso me gusta creer), la plataforma de streaming Amazon Prime puso a disposición de sus usuarios las veintiséis películas del universo James Bond. Disfruté como un niño viendo las primeras películas de los sesenta, protagonizadas por un jovencísimo Sean Connery que consiguió encarnar con maestría a uno de esos personajes que hoy en día no merecen el respeto de los más inteligentes e iluminados por misógino, alcohólico y bla, bla, bla. Mientras estaba viendo la escena que pone fin a la primera película de la saga (Dr. No, 1962) no pude evitar pensar en las palabras de Gabriel Rufián y su indirecta alusión a Carles Puigdemont & Co. Dicha escena muestra al agente 007 con la hermosísima Honey Ryder, interpretada por Ursula Andress, a bordo de un bote salvavidas después de conseguir poner fin a los malvados objetivos nucleares del Dr. No. El espía, al más puro estilo desenfadado del también memorable Macron descorbatado, desata la cuerda que enlaza su bote con una embarcación que les arrastra para después abrazar a la joven y arrastrarla hasta el suelo de la barca para esconderse del voyerismo del espectador, dando paso a los créditos finales. Aquí pueden ver la escena. Dudo que sea necesario explicar los motivos que me llevaron hasta el señor Puigdemont, ¿no?

Claro que debería. Pero lo voy a hacer con una última noticia. Esta es de ayer, día ocho de mayo del año dos mil veintidós y de la mano del interesante y laborioso proyecto Organized Crime and Corruption Reporting Project (OCCRP), fundado por los periodistas Paul Radu y Drew Sullivan. Ahí ponen a relucir algunas conversaciones y negociaciones entre un agente especial del Kremlin llamado Nikolai Sadovnikov y los empresarios catalanes Víctor TerradellasJordi Sardà Bonvehí, muy cercanos a Junts per Catalunya y protagonistas de algunas estafas no del todo menores. Lo más relevante, y también lo que nos lleva hasta nuestro amigo James Bo... Carles Puigdemont, es la reunión que hubo entre el ruso y el por entonces líder catalán durante la víspera de la Declaración Unilateral de Independencia (DUI). Al parecer, y tal como confirman fuentes diplomáticas a los investigadores del OCCRP, Sadovnikov ofreció con anterioridad a los dos empresarios 500.000 millones de euros y 10.000 soldados rusos para apoyar el alzamiento catalán siempre y cuando la República se convirtiera en un paraíso fiscal para las criptomonedas, esto es, la Suiza de los alumnos destacados de la anteriormente mencionada IM Academy. El ruso ahora dice que eso es falso, que tuvo la COVID y que perdió la memoria y que cómo voy a ofrecer más del doble de los ingresos netos que obtiene anualmente Rusia. La oficina de Puigdemont reconoce el encuentro, el rechazo de la oferta y nada más, por lo que parece que no da importancia al hecho de entablar relaciones con Estados semifeudales. 

¡Non fuyades! me abronca una querida amiga. Y yo me digo que no, que no voy a huir, que sólo me voy a ir lejos de la sumisa y apestada Barcelona

From Russia with Love (©MGM 1964).

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