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Blanco sobre rojo.

Madrugada del 20 de julio de 2022. Barrio rojo de Ámsterdam


Hay algo que sigo sin entender. Hay algo ahí dentro que es invisible, oculto tras las cortinas de franela roja que caen y se desprenden del lado izquierdo del interior del escaparate; las mismas cortinas que, cada veinte o diez o tres minutos, vuelven a recogerse gracias al nudo de una cuerda o a la extensión de alguna hebilla o alzapaños invisible para el que observa la escena. No es teatro porque el telón cae precisamente cuando empieza el espectáculo. Tampoco es algo del todo real porque, a pesar de que el espectador sepa (a medias) lo que está ocurriendo, este no ve, no escucha ni es capaz de interpretar nada más que aquello que produce su imaginación. Puede que el teatro sea en ocasiones más sincero que la propia realidad porque aquello que percibimos con nuestros sentidos y que nos limitamos a aceptar como lo acaecido no es sino una experiencia inmediata que poco o nada tiene que ver con aquello que, en ocasiones, se nos presenta como real aún cuando ahí no podemos ver u oír u oler nada. Hay quien sigue convencido de que aquello oculto también forma parte de la realidad de sus vidas y que, a pesar de no poder entender su funcionamiento, su origen o sus necesidades, se ve a sí mismo con el suficiente poder e inteligencia para analizar, teorizar, hipotetizar y sentenciar sobre por qué las putas se dejan follar por un polaco, inglés, alemán, danés o español en un cuarto de dos por dos a las tres de la madrugada. Hay quien también se envalentona todavía más y cree conocer las causas por las que tantos hombres son capaces de pagar dinero por meter su sexo en el sexo de una mujer y hay quien culpa al dinero como si este fuera un ente maligno. También hay quien culpa al hombre per se y hay quien justifica al hombre per se sin ningún razonamiento mínimamente esperanzador para la niña de dieciséis años tentada a prostituirse o el hombre de treinta años virgen que no quiere consumir la prostitución por vergüenza y no asco. Hay quien reniega de definirlo como consumo y hay quien justifica el pago por servicios sexuales como un valor seguro que evidencia y materializa la definición de libertad. 

***

Esa misma noche salgo del pub, enciendo un cigarrillo y levanto la cabeza hacia el cielo para soltar el humo y así evitar molestar a los no fumadores. Al volver a bajar la cabeza no puedo evitar fijarme en uno de los pisos superiores que hay al otro lado del canal. La luz no es roja sino blanca. Hay una mujer, sola, ante diez o doce monitores que ocupan toda la pared. Sigo fumando y noto como la nicotina hace su efecto. Relajo el cuello y la cabeza y me fijo en los tres hombres que han ido de un lado a otro de la calle desde el momento que llegué. Veo que uno habla por teléfono y me da por mirar el piso sin cortinas. Ella habla y él habla. Ella cuelga y él cuelga. El asco se duplica, pero la seguridad del barrio se quintuplica de golpe y, poco a poco, voy entendiéndolo todo. Escucho mi nombre y me giro. Mis amigos me hacen señas desde la barra al tiempo que la camarera sirve demasiados chupitos. Sonrío y me compadezco de ellos; pero, justo antes de emprender mi camino hacia esa cueva oscura y divertida, veo como un cisne aparece de la nada, avanzando pacientemente por el canal. Me acuerdo de que esas aves se emparejan de por vida y se me escapa otra sonrisa. Todo el mundo se maravilla al verlo, pero el animal ni siquiera se inmuta y marcha majestuoso sobre la corriente carmesí. Hay algo ahí dentro que es invisible, que se oculta tras las cortinas de franela roja que caen y se desprenden una vez y otra y otra y otra.

 

Rothko, Mark. Blanco sobre rojo. 1957.

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