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Caminos.

Leyendo Sexual Personae de Camile Paglia. Mi amiga E. define brillantemente el estilo de la norteamericana: "Es como si estuviera leyendo un manifiesto fascista". Y claro, al escuchar tal muestra de ingenio no puedo evitar retener la citada sentencia como uno de los mayores elogios dedicados a un escritor. Hay quien todavía no ha llegado a entender que el éxito del fascismo —y por tanto de todo lo demás— radica en la depuración de la sintaxis. Nunca en la historia fue tan importante no contar. El fascismo y el socialismo (sí, equiparo términos sin temor a equivocarme) fueron tan inteligentes como para entender que la información es todo lo que un gobierno (democrático o no) necesita para tiranizar a aquellos incapaces de acceder a ella. 

La Unión Soviética fue uno de los casos más brutales y también uno de los más estudiados. Ahora me viene a la cabeza un cartel soviético de la segunda guerra mundial dividido en dos mitades totalmente opuestas en cuanto a color, personajes y, por supuesto, mensaje. En cada una de estas mitades hay un niño distinto con un violín. A la izquierda, el niño se encuentra cabizbajo y sostiene el violín y el arco con su mano derecha con gesto de abatimiento; su rostro transmite tristeza, pura tristeza y desilusión, y viste un abrigo y un fulard desgastados. Detrás de él vemos una ciudad oscura en la que solamente brilla la luz artifical de las ventanas de los hogares y los neones publicitarios, además de diversas figuras humanas sin rostro, sin nada que permita humanizarlas: ni ojos, ni nariz, ni boca, ni orejas, nada. Pero en la parte derecha vemos otro niño. Este viste un elegante traje oscuro y porta un reloj en la muñeca, su gesto es de concentración y serenidad y toca el violín ante un auditorio soviético colosal con una orquestra empequeñecida por el portento musical soviético que simboliza. A la izquierda destaca la escala de grises, mientras que a la derecha el dorado sepia domina el cromatismo de la escena.

Sin embargo, el observador atento se percatará de que en el cartel se encuentran hasta cuatro oraciones muy breves. En la parte superior dice algo así: "El camino del talento en la sociedad capitalista" y "El camino del talento en la sociedad comunista". En la parte inferior se presenta un interesante juego de palabras gracias a las desinencias de número en ruso que podría traducirse tal que así: "El camino al talento... el camino de los talentos". Magistral. Qué decir si hacemos énfasis en el hecho de que el cartel vio la luz en algún momento del año 1939 en una Rusia totalmente privada de información libre de censura sobre aquello que ocurría más allá de sus fronteras. Qué iban a saber los jóvenes rusos de libertad.

Pienso en si este tipo de propaganda llegó a ser funcional en algún momento, si su influencia fue tal como para seducir a una ciudadanía hambrienta, miserable, pobre y torturada por los delirios socialistas. Mi tesis es que no. Y mi tesis es tal porque esos carteles son solo una de las muchas evidencias del gigantesco aparato de censura soviético, del poder de depurar la realidad hasta confundirla en ficción sin siquiera recurrir al ingenio, sino tachando, arracando, borrando y elidiendo. 


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