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El pan nuestro de cada día.

En nuestro tiempo ya es tradición que la mañana siguiente a un debate electoral los grandes medios de comunicación nacionales dediquen un extensísimo espacio multimedia donde se evalúe el grado de falsedad de las intervenciones de aquellos protagonistas de la noche anterior. De hecho, es todavía más sorprendente y significativo observar como los periódicos que ofrecen este fact-checking se ven obligados a repartirse las verificaciones por su incapacidad logística de hacer frente al aluvión de mentiras y medias verdades que se declaman en esa clase de debates. Porque eso es así por mucho que haya quien lo niegue: en los debates, como en cualquier acto político o público, el que habla no platica, sino que declama, es decir, hace uso de la retórica, la persuasión y, por qué no, también de la mentira. 

El lector bien debe saber que la mentira es un recurso indispensable para su día a día, ya sea para tratar de esquivar las invitaciones de ese compañero de trabajo pesado e insistente o para excusarse de un error, un retraso o una impertinencia. Sin embargo, uno suele estar al tanto de que la víctima de sus mentiras es en parte consciente de ellas y, por ello, el hecho de que uno opte por mentir no es sino una forma sofisticada de decir No, no quiero o Lo siento, pero hoy me he quedado dormido y por eso no he llegado a tiempo. Esto, que en la sociedad de a pie llamamos discreción y que no suele tener grandes consecuencias a excepción de una mala mirada o una colleja verbal y amistosa, en política se convierte en farsa, engaño y fraude, lo que inevitablemente lleva al descontento de aquellos que dieron su voto de confianza a aquel que ahora está contradiciendo todo aquello que le definía como la menos mala de las opciones. 

Votar por el menos malo también es una característica contemporánea, pues la figura clásica del líder político se ha ido diluyendo con los años y, por si esto fuera poco, hoy en día es cada vez más más difícil encontrar sujetos que comulguen con la totalidad de propuestas de un líder político o el partido correspondiente, exceptuando, claro, aquellos miembros de organizaciones estudiantiles sectarias y gregarias, algunos (no todos) de los afiliados o integrantes de gabinetes de un partido y, como no, la gente más mayor que ha nacido, crecido y vivido en uno de los períodos más negros de nuestra historia. 

En este sentido, uno debe debería preguntarse si de verdad es necesario relevar sus responsabilidades civiles a los llamados "líderes" cuando advierte que, estadísticamente —factualmente—, esta figura es en sí misma deshonesta y desleal con aquellos que la respaldan; preguntarse si de verdad es dignificante confiar nuestro voto a alguien que sabemos que, de un modo u otro, acabará por defraudarnos. Los ejemplos abundan: cabezas de partido que basan sus programas electorales en la demagogia y la mentira con discursos panfletistas que prácticamente nunca pueden ser corroborados con datos, gestos de forzada agresividad y virulencia, paulatinos cambios de tono e intensidad en la voz, la búsqueda constante de aplausos o la estructuración de discursos como si fueran una lista de aforismos (o más bien tuits) basados en tópicos tan superados como insustanciales son solo algunos de los rasgos más ruines que caracterizan la nueva clase política; una clase social en sí misma que recuerda cada vez más a las antiguas aristocracias europeas: riquísimas en poder, aunque totalmente miserables intelectualmente. Qué decir del dinero y los privilegios, más aún cuando provienen del bolsillo del contribuyente. 

Ahí van. 


Álvarez Sala, Ventura. El pan nuestro de cada día. 1915.


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